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martes, 29 de julio de 2014

El bullying entre guionistas, es amor.


Yo no soy de los que ganan concursos. Pertenezco más bien a esa gran mayoría que ha tenido que enfrentarse una y otra vez a los amables, pero siempre amargos, “gracias por participar”.

 No es cierto. En realidad formo parte de ese otro gran grupo en el que están las personas que simplemente nunca concursan. Eso es más triste aún, ¿cierto? No hay peor lucha que la que no se hace, dicen por ahí. También dicen (o me lo estoy inventando, no sé) que no hay peor guionista que el que no busca opiniones externas sobre su guión. Por eso, la dinámica que se genera dentro de un taller suele ser tan gratificante. Siempre se valora cualquier oportunidad de tallerear un texto.

Luego de prometerme a mí mismo que este año en el que me vine a vivir a la Ciudad de México buscaría cualquier oportunidad para sumar a mi sobredosis guionística, un taller de guión con el actual guionista “estrella” mexicano, Gibrán Portela resultaba más que atractivo. Pero obviamente no tenía dinero para pagarlo, además, tampoco parecía contar con el tiempo necesario para sacarle el mayor provecho. El reto, o digamos, la oportunidad de escribir un primer tratamiento de guión en dos meses es aceptable, pero requiere una inversión de tiempo completo.

Por otro lado, he sido fiel lector del estupendo blog de El inquilino guionista desde hace años (prácticamente desde que inició), y cuando se anunció la convocatoria para el 1er.  Concurso de Periodismo Guionístico no dudé en participar. En ese momento lo hice más bien motivado por la idea de publicar un texto mío en www.guionnews.com (quizá el sitio que más visito, sin contar redes sociales) y compartir con sus seguidores un poco de mis ideas sobre la escritura de cine. Entonces no pensaba mucho en el premio: la beca para este prometedor taller con Gibrán. Seguramente no ganaría.

Faltando menos de cinco minutos para la medianoche, el día en que terminaba el concurso, mandé mi texto: “¿De qué va la peli, si el cine son historias?”. Esa misma madrugada fue publicado y me dio gusto notar, poco a poco, que estaba gustando. Unos días después se dio a conocer el resultado y con el veredicto:
“¡Oigan, creo el último es el más padre, como más conciso (…) así que estoy de acuerdo, el mejor es el último!”...
...de parte de Gibrán, me gané un lugar en su taller. Por fin esta vez fui parte de los que ganan, y no les voy a mentir, ¡se siente muy bien!

Lo que vino después ha sido una de las experiencias más bonitas y enriquecedoras que he vivido hasta ahora. Así, “al chile” (como dicen aquí)… ¡Qué taller, señores! Y lo digo como un “veterano” de los talleres de guión (no me pondré aquí a echar currículum, pero he tenido oportunidad de asistir a varios), siempre aprendes mucho en ellos y te llevas grandes recuerdos, pero lo que ocurrió los pasados ocho sábados en AMTEC es algo fuera de toda proporción, verdaderamente invaluable.

Cuando en un taller de este tipo se conjuntan: un estupendo tallerista, grandes entusiastas del guión en la organización, todo el apoyo de la sede del taller y lo más importante, un muy valioso grupo de “alumnos”, ¡todo lo bueno pasa!

Y tan bueno fue todo lo que pasó que hasta creamos el hashtag (jamás twitteado) #BullyingEsAmor, con el cual alguien quiso convencerme de que el acoso al que fui sometido en el taller desde el primer momento (originado por mi condición de becado) no era más que un acto amoroso. O sea, que me querían y por eso me molestaban. Puro acoso sano, no se me vayan a espantar. El bullying es un tema serio, pero confío en que a estas alturas ha quedado claro que “serio” no es el tono de este texto.

Gibrán Portela dijo que nunca había dado un taller de este tipo. Nos comentó al principio que se tocarían algunos temas teóricos brevemente, con apoyo de algunos ejemplos y sobre el trabajo individual (cosas como formato, estructura, y demás), por lo que era fundamental chambear en nuestros guiones. El compromiso fue escribir y enviar a tiempo nuestros avances semanales por correo electrónico, y además, leer los textos de los demás para comentarlos en las sesiones del sábado. Gracias a la buena disposición (en general) del grupo, se pudo avanzar muy bien y trabajamos en argumentos (en una primera etapa) hasta tener la mejor versión posible, y llegamos hasta las primeras páginas de guión (la mayoría con su primer acto ya bien amarrado), y un par de guionistas alcanzaron sus primeros tratamientos.

Nuestro querido tallerista, quien logró generar en este espacio de trabajo el ambiente idóneo para la creatividad y el compañerismo, nos incitó desde el primer momento a desarrollar nuestras historias a partir de su “corazón”. Nunca hubo alguna restricción temática, de género, o de estilo; únicamente dos restricciones claras: nunca escribir en el guión: “con cara de” o “vemos que”, y que el becario no opine, “mejor que se vaya por las chelas”.

Las historias que protagonizaron el taller resultaron tan diversas y únicas como las personalidades ahí reunidas. Todas ellas cautivadoras, dignas de ser contadas. La evolución en el tratamiento de los guiones fue palpable, el taller le estaba haciendo mucho bien a las películas. Distintas visiones del mundo, distintas intenciones, distintas ambiciones, distintas voces… pero talento como común denominador. Y como si no pudiera aplaudirle más a mis compañeros (quienes seguro están sintiéndose fatal al leerme, luego de haberme “buleado” tanto), valdría añadir que son también grandes personas. Pero eso es obvio, ¿no? ¡Somos guionistas!

Otro gran, GRAN plus: los invitados al taller. Gibrán mostró desde el inicio su interés en invitar a algunas personas dedicadas a distintas tareas del cine para conocer un poco sobre su relación con el guión. Al final, como él decía, nosotros escribimos para muchas personas.

Y así tuvimos la visita de Yibran Assaud (editor de películas como “Güeros”, “Tanta agua” y “Voy a explotar”), Edui Tijerina Chapa (guionista de “Cantinflas”), Ángel Mario Huerta, excelente guionista que vive y trabaja en Los Ángeles, Carolina Salinas, guapa guionista que también representa guionistas, y el grandioso actor Emilio Echevarría. ¡Imagínense, nada más! Si me pusiera a contar con los detalles necesarios todo lo que estos grandes profesionales (y grandes artistas) le aportaron al taller, se alargaría aún más este artículo. Un verdadero lujo tenerlos.

Y qué decir de las experiencias extra-clase: la oportunidad de ver “Güeros”, de Alonso Ruizpalacios, después de leer su guión (co-escrito por Gibrán Portela), haber conocido un poco sobre corrección de color en CHEMISTRY y lo mejor, gracias al campeonato mundial de futbol (que trajo una importante promoción en el bar frente a la sede del taller), haber compartido chelas y disfrutables charlas al final de las sesiones… ¡Todo bien aquí, amigos! ¿Qué más puedo decir?

Espero que las películas desarrolladas lleguen con mucha fortaleza a sus primeros tratamientos. Espero también que alguna, o algunas, o todas ellas sean filmadas un día (uno no muy lejano).

Si no hubiera ganado esta beca, pensaría que cada peso invertido en esta experiencia valió la totalmente pena. Ojalá El inquilino guionista siga promoviendo este tipo de actividades y que los guionistas allá afuera las aprovechen al máximo. Del taller de Gibrán Portela no puedo expresar más que satisfacción y gratitud, en todos los aspectos. Es el mejor premio que he ganado y no creo que sea fácil superarlo.

Ya sólo me preocupa una cosa: ¿cómo serán mis sábados ahora?

Artículo para: El inquilino guionista

miércoles, 25 de junio de 2014

COLUMNA: La opinión de los exhibidores


Hasta el día de hoy no había utilizado este espacio para hablar sobre mí. Sería el colmo del egocentrismo, ¿no? Y además, ¡qué aburrido!

Pero no se preocupen, estimados lectores, no pienso hacerlo nunca… Bueno, sólo un poquito esta vez, pero es nada más para entrar en contexto. ¡Se los prometo!

Resulta que actualmente estudio guion en el Centro de Capacitación Cinematográfica (México, D.F.) y este lunes nos cancelaron la primera clase por un “contratiempo”, el cual todos supimos que tenía el nombre de “México vs. Croacia”, y pues luego del emocionante partido en el que nuestra selección ganó 3 a 1 y pasó a octavos de final, fuimos muy pocos los que nos resistimos a la tentación de correr al ángel a celebrar y nos quedamos para la segunda clase del día.

Qué malo soy, ya sé, aquí quemando a mis compañeros. Pero bueno, yo tengo la idea de que en fechas mundialistas las faltas a la escuela o al trabajo están en general “bien vistas” por la sociedad… ¡Vamos, nomás es cada cuatro años!

En fin, que por falta de quórum en esa clase, nuestro profesor (Patricio Saiz) optó por resolver dudas particulares y luego compartirnos una información que encontré por demás valiosa. Nos dijo que se había reunido hace poco con gente “acá importante” de Cinépolis para conocer su opinión respecto a los guiones del cine mexicano.

Me pareció un acierto el que haya buscado el punto de vista de los exhibidores, pues en el “mundo del cine” en México nomás se les tacha de los malos y ya, se les hace el feo… Y bueno, no son PARA NADA unas peritas en dulce, pero igual siempre me ha parecido muy chafa ver a cineastas peleando porque sus películas estén mucho tiempo en las salas comerciales, con los mejores horarios y en suficientes salas, cuando ellos mismos saben que hicieron su película para los festivales y para la cineteca. Es más, la hicieron para convencer a tal crítico, o para llamarse a sí mismos “cineastas” con sus amigos de la Condesa, o para “sanar” su última ruptura amorosa, qué se yo.

Con lo cara que sale la visita a uno de estos cines hoy en día, para que además tengamos que aventarnos una película de hueva que se ganó un premio en el Festival de Doofania al mayor logro en la experimentación con el lenguaje.

Pues lo que “los de los cines” recomiendan a cualquier guionista (y/o director) mexicano es, antes que nada, saber a qué PÚBLICO le están hablando.

Resulta que hay cinco tipos de públicos que van al cine en México: el “mainstream” (toda la familia), el “teen” (adolescentes, que representan el mayor ingreso en taquilla), el de “parejas” (no sé nada de este, yo-en-forever-alone), el de la “tercera edad” y el “cinéfilo” (que sí te ve Lars von Trier y esas cosas). Si tu película desde el principio no está buscando la atención de alguno de ellos, ¡pues ni cómo!

Sugieren también a los guionistas que estudien bien los GÉNEROS. Que no hay nada peor que un drama que hace reír y una comedia que no es graciosa.

Como dato, los géneros más consumidos en México son terror/horror y comedia. Lo más divertido fue la mención del género preferido por la mayoría de los cineastas mexicanos: la “biopic (o autobipic) disfrazada”, es decir, esa historia que le ocurrió al director o al guionista y cree que es tan buena que al público le interesará verla… ¡Claro que no!

Siguiente recomendación: películas cortas, de 90 minutos, más o menos. ¿De dos horas o más? Sólo que de verdad sea MUY buena. Y por último: “blindar los guiones”, revisarlos y hacer todas las versiones necesarias hasta que quede lo mejor posible. “El problema es que aquí en México se filman primeros tratamientos de guion, ¿verdad?”, le pregunté a Patricio… “¡Filman hasta escaletas!”, me respondió.

Yo pienso que cualquier interesado en hacer películas en nuestro país debería prestar un poco de atención a las opiniones que vengan de cada uno de los “engranes” de esta “industria”: productores, distribuidores, exhibidores, etc.

Sólo teniendo una perspectiva así de completa podremos hacerlo bien. Creo.

Columna para: Guanajuato Informa

miércoles, 11 de junio de 2014

COLUMNA: Hacer cine es fácil


Pese a que por un buen tiempo la industria cinematográfica se mostró escéptica con respecto a la llegada de la tecnología digital y apostó en su momento por la permanencia de los sistemas tradicionales de producción y distribución, las cosas hoy han cambiado para siempre. Y estos cambios se dieron de forma tan rápida que sigue siendo difícil de dimensionar la situación actual pero fácil echar un vistazo hacia el futuro.

El cine antes (no hace mucho, en realidad) era inaccesible para la gran mayoría. Levantar una película, por lo menos en México, requería del apoyo indispensable de recursos estatales (limitados), de sindicatos, de instituciones y demás fondos que ayudaran a absorber los altos costos que implica la renta de toneladas de equipo, foros, cámaras de cine, los procesos de revelado, edición, corrección de color, diseño sonoro, copias de exhibición en cine (35 mm), etc.

La historia del cine está marcada por varios momentos en que los avances tecnológicos le brindaron a realizadores nóveles la posibilidad de hacer cine, dando como resultado propuestas realmente interesantes que imprimieron una frescura necesaria a la forma en la que se venía haciendo las películas y lo que ellas retrataban.

Hoy, prácticamente cualquier persona con acceso a una pequeña cámara DSLR, una computadora e internet puede “hacer cine”. Ni siquiera tiene que padecer los complicados sistemas de distribución y exhibición, basta con trepar su película a plataformas como Vimeo o YouTube para que la vean cientos, miles o hasta millones de personas.

El problema es que, ante esta democratización de medios y entre todo el material audiovisual que hoy gestionan realizadores en todas partes del mundo, las propuestas verdaderamente valiosas terminan siendo muy pocas.

Y es que hay por lo menos un par de “problemas” a los que el creativo del cine deberá enfrentarse por siempre, aunque la tecnología se vuelva cada día más amable y accesible: contenido y público… ¿Qué quiero que cuente mi película? y ¿A quién se lo va a contar?

Hace un par de semanas, dos buenos amigos (director y productor) presentaron su película “Peyote” en la inauguración del Festival MIX, ante una sala llena en la cineteca nacional (México, D.F.). La semana pasada tuvo su segunda función ahí con resultados igual de positivos, y le quedan tres funciones más en la ciudad como parte de dicho festival (en Cinépolis Diana y Cinematógrafo del Chopo). Esta película (que además fue comprada en el mercado de Cannes el año pasado para su distribución en Alemania, Canadá y USA) es un ejemplo de verdadero cine independiente, filmado en varios fines de semana en San Luis Potosí, con una cámara de fotos, sólo dos actores y un crew que no llegaba a los 10 integrantes; pero que nunca carecieron de los elementos más importantes: una historia honesta y redonda, personajes carismáticos y talento tanto delante como detrás de la cámara.

El asunto de los contenidos es fundamental. Si como realizador tienes en las manos las herramientas necesarias para hacer cine, digamos que tienes ya un poder. Poder que puedes usar para bien o para mal. Pero recuerda esa legendaria frase del tío Ben: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Bríndale al mundo una mirada única y fresca, una historia poderosa y singular… Haz que valga la pena, que tu película se sienta necesaria.

Si pusiste todo el cuidado debido en la parte del contenido, el asunto del público podría preocuparte menos, pues habrá automáticamente alguien por ahí que se sienta atraído por tu trabajo. Pero al realizador de hoy le toca también la tarea de acercar una audiencia a su película, y es que si nadie la ve, simplemente no existe. Las redes sociales pueden ser muy importantes para esto: un blog o un video blog donde se relate la forma en que se realizó la película y las ideas que explora, una página en Facebook donde se presenten datos de los personajes, fotografías de making of, stills, avances y clips de la película, etc. Que haya un público esperando la película antes de su lanzamiento.

Hacer cine hoy es fácil… Hacer buenas películas, nunca lo será.

Columna para: Guanajuato Informa

miércoles, 4 de junio de 2014

COLUMNA: El Ariel y el cine mexicano


El cine nacional se enfrenta diariamente a un montón de enemigos: la inequitativa distribución de apoyos para su producción, la dificultad de su distribución, la necesidad de espacios para su (casi siempre injusta) exhibición y la falta de público. Todos estos males (de entre muchos otros más) son consecuencia uno del otro. Así, como una cadenita, en efecto dominó. Pero de estos, el más preocupante a mi parecer, es el último.

Pa’ pronto: ¡a los mexicanos no les gusta ver cine mexicano! No conectan con él, no les interesa, no los emociona. El argumento más repetido es que “están hartos de lo mismo: delincuencia, narcotráfico, pobreza, ‘groserías’, sexo…”

Y la verdad es que tienen bastante razón. El cine nacional se empeñó por mucho tiempo en alejar a su propio público, y todo empezó desde el momento en que una buena parte de sus realizadores decidieron simplemente ignorarlo.

Cuando un cine mexicano “de corte autoral”, que además de todo resultaba muy barato, comenzó a premiarse en algunos festivales internacionales, el público se quedó lejos. ¡Muy lejos!

Las propuestas cinematográficas de México tienden a situarse en polos opuestos, dejando entre ellos un espacio abismal. Por un lado el “cine artístico”, casi siempre aburrido, pretencioso, frío, destinado a circuitos culturales, festivales, muestras y cineclubes; y por otro, el “cine producto”, películas bobas, sin propuesta alguna, que imitan subgéneros y argumentos principalmente gringos, y que al final quedan “muy chafas” (comedias románticas, en su mayoría). Nuestro público no quieren ver por media hora a un hombre perdido en el desierto de Sonora, encontrándose a sí mismo, pero tampoco está interesado en ver “Hollywood región 4”. ¿Entonces?

De vez en cuando vienen unas temporaditas en las que al cine de nuestro país le va un poco mejor. Tengo la teoría de que esto sucede cuando los reflectores internacionales apuntan a los famosos “tres amigos”: Cuarón, Del Toro e Iñárritu. Cuando alguno de estos tres (o mucho mejor, cuando los tres) presentan nuevas películas, como que el cine en México se revitaliza.

El año pasado fue histórico. El título que desde 2002 pertenecía a “El crimen del padre Amaro” como la película mexicana más taquillera de la historia, fue superado por mucho con las recaudaciones de “Nosotros los Nobles” y “La-de-Derbez”. ¿Qué pasó? ¡No sé! Ninguna de las dos presenta historias novedosas, ni actuaciones memorables, ni propuestas muy originales, o una factura destacable (la segunda película es muy mala, de hecho).

OK, la verdad sí sabemos qué pasó: ¡ambas tenían la vista puesta en el GRAN público! Se preocuparon por llegar a ellos desde el principio. Por ciertas razones, el caso de los Nobles resulta mucho más valioso, pues salieron con poco más de 300 copias inicialmente y el director era desconocido, al igual que su reparto joven.

Además de los éxitos taquilleros, nos llovieron los premios en festivales: “Heli”, “La jaula de oro”, “Club sándwich”, “Los insólitos peces gato”, “No quiero dormir sola”. Todas ellas, ¿qué creen? ¡MUY BUENAS películas!… ¿Más de lo mismo? ¡Para nada!

Justo estas cinco cintas fueron las nominadas a Mejor Película en la 56 entrega del Ariel, premio otorgado por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas a lo mejor de nuestro cine desde 1947. La ceremonia se realizó el pasado 27 de mayo en el Palacio de Bellas Artes y desde entonces ha dado mucho de qué hablar, algo que hacía mucho no pasaba.

Pero como los mexicanos solemos ser bien negativos (bien “Contreras”, como diría mi papá), una vez más resaltan los puntos negativos: que si la ceremonia estuvo aburridísima, que si los conductores nomás no tenían gracia, que si no-se-quién se vistió horrible, que si el audio y la dirección de cámaras pésimo.

¿Y saben qué? Qué gusto ver que todas estas quejas son por verdaderas tonterías. Señores, ¡no son los Oscar! Nada que ver, no pueden siquiera pretender serlo, sería ridículo. Lo importante aquí es nuestro cine. Esta edición del Ariel recuperó la atención de público, prensa e industria por la razón más valiosa y de la que esta vez no pudimos quejarnos: las películas nominadas.

Todavía el año pasado el Ariel era como un gran “chiste local”. Una ceremonia simplísima, realizada para los miembros de la industria, aburrida y seria. Nadie sabía nada de las películas, muy pocos las habían visto y las nominaciones estaban formadas en ternas. Esta vez fueron quintetas y las cintas eran un poco más conocidas por el público. Lamentablemente, sigue siendo difícil acceder a muchas de ellas. En 2013, las dos grandes joyas del Ariel, “El premio” (de Paula Markovitch) y “La demora” (de Rodrigo Plá), creo que fueron vistas por casi-nadie. Y es una verdadera lástima, ambas son estupendas películas (aunque quizás no tan “cercanas” porque una fue filmada en Argentina y la otra en Uruguay).

En verdad espero que pronto podamos tener acceso a nuestro cine más fácilmente. Muchas películas merecen ser vistas. Y nosotros, como público mexicano, no desconfiemo
s más del cine hecho en nuestro país. Arriésguense y descubran que las propuestas, finalmente, se están diversificando. Si aún crees que el cine mexicano es muy malo, te sugiero que en cuanto puedas veas “La jaula de oro”, o “Los insólitos peces gato”, o “Club sándwich”, o es más, “Tercera llamada”. En serio, velas todas ellas, y después hablamos.

DATO: Un día como hoy, hace 10 años, la película más mexicana de la saga Harry Potter (“El prisionero de Azkaban”) se estrenó en nuestro país.

Columna para Guanajuato Informa.

miércoles, 28 de mayo de 2014

COLUMNA: México en Cannes


Los festivales de cine despiertan siempre un entusiasmo genuino entre la comunidad cinematográfica. Al día de hoy son MUCHOS los festivales que tienen lugar a lo largo y ancho del mundo, ocupando cada día de la agenda anual con sus múltiples actividades. Tan sólo en México, actualmente tenemos más de 80, y no exagero al asegurar que hay de todo y para todos los gustos: festivales de cine independiente, de cine universitario, de cine mexicano, de cine extranjero, de cine digital, de cine documental, de cine con perspectiva de género, de cine de terror, de cine experimental, de cine con temática homosexual, de cortometrajes y un largo etcétera.

A pesar de esta gran diversidad, son pocos los festivales que realmente logran consolidarse y demostrar su relevancia en este ámbito. El número de festivales cinematográficos que nacen año tras año y que mueren apenas en su primera o segunda edición es muy considerable.

Pero dentro de ese universo festivalero que nos rodea, hay sólo un rey indiscutible. El festival al que todos deben “parecerse” en mayor o menor medida. El festival que dicta las tendencias, que nos presenta el cine del que estaremos hablando el resto del año (y del que se nutrirán muchos otros festivales y muestras) y que siempre atrae a los cineastas, productores, compradores y distribuidores más importantes del mundo. En el centro de todo está el festival de Cannes, y alrededor de él, giran los demás.

El bien llamado “mejor festival de cine del mundo” acaba de finalizar este domingo su edición número 67. Cannes no es el festival de cine más antiguo, ese título lo tiene Venecia (que este año cumple 71 ediciones), otro de los festivales más importantes y nombrado de “Clase A” por a Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Cine (FIAPF), junto a otros grandes como Berlín y San Sebastián.

En fin, que esta recién concluida edición 2014 de Cannes resaltó como siempre por varias cosas: primero, una Selección Oficial de cuestionable calidad en mayor parte, un Godard de 83 años mostrando la película más novedosa de la competencia, un canadiense de apenas 25 años (Dolan) siendo ovacionado por su película “Mommy”, un palmarés muy complaciente (con apenas un par de sorpresas), y claro, ¡la ausencia de México en las secciones principales!

México ha tenido una participación importante en el festival de Cannes desde hace mucho tiempo. ¿Cuánto? ¡Desde su primera edición! En 1946, cuando nace el festival de Cannes, la cinematografía mexicana vivía un gran momento y era la más importante en el idioma español. Ese año la película “María Candelaria”, el clásico de Emilio “el Indio” Fernández, protagonizado por Dolores del Río, fue la representante de nuestro país.

Otro gran protagonista representante de México en Cannes fue Luis Buñuel, quien presenta por primera vez en el festival francés, en 1951, la estupenda “Los olvidados”, por la que obtiene el premio al mejor director. Diez años después (en 1961), su película “Viridiana”, protagonizada por Silvia Pinal, recibe la Palma de Oro.

Y de ahí nos vamos hasta 1994, cuando Carlos Carrera gana la Palma de Oro de cortometraje por “El héroe”. En 2005, Guillermo Arriaga obtiene el premio al mejor guion por “Los tres entierros de Melquiades Estrada”, de Tommy Lee Jones. En 2006, Alejandro González Iñárritu es reconocido como el mejor director por “Babel”, mientras “El violín”, presentada en la sección Un Certain Regard, le da a Ángel Tavira el premio de interpretación masculina.

En 2007, “Luz silenciosa” de Carlos Reygadas obtiene el Premio del Jurado y el cortometraje “Ver llover”, de la mexicana (entonces aún estudiante del CCC) Elisa Miller, gana la Palma de Oro.

“Año bisiesto” de Michael Rowe recibe la Cámara de Oro a la mejor ópera prima de Cannes en 2010. “Después de Lucía” se alza con el premio Un Certain Regard en 2012, y Carlos Reygadas es premiado como mejor director por “Post tenebras lux”.

Apenas el año pasado, el guanajuatense Amat Escalante logra también el premio al mejor director por “Heli” (dos premios de dirección consecutivos para México), y “La jaula de oro”, de Diego Quemada-Díez, el premio al mejor reparto.

Una buena racha, ¿no? Pero bueno, no puede ser así siempre. Este año la presencia de México se mantuvo muy al margen, lejos del reflector principal, principalmente limitada a actividades de industria en Le Marché du Film (proyecciones para compra-venta de películas, contratos de distribución y/o coproducción, etc.) y al parecer algunos cortos en el amplísimo catálogo del Short Film Corner. La participación más relevante, que en broma con mis amigos vimos casi como “premio de consolación”, fue la de Gael García como miembro del Jurado principal y Daniela Michel, directora del Festival Internacional de Cine de Morelia (el más importante de por acá) como parte del jurado en la sección Semana de la Crítica.

El festival de Cannes 2014 ha quedado atrás, y para nosotros los mortales que no visitamos ese paraíso, no nos queda más que esperar a que las joyitas allá presentadas se vayan acercando poco a poco a México en los próximos meses, ya sea a través de distribución en salas, festivales (Morelia prácticamente trae lo mejor de Cannes en octubre) o muestras. Nosotros, los cinéfilos, seguiremos con los ojos puestos en la Riviera francesa por mucho, MUCHO tiempo más.


Columna para Guanajauto Informa

viernes, 16 de mayo de 2014

¿De qué va la peli, si el cine son historias?


Durante un tiempo, el año pasado, tuve la oportunidad de impartir clases de cine en una escuela particular, en las secciones de secundaria, preparatoria y universidad. Cada vez que iniciaba clases con un nuevo grupo, luego de presentarme rápidamente, comenzaba con la pregunta: “¿Qué es para ustedes el cine?”

Siempre venía un silencio prolongado luego de lanzar la interrogante, y yo lo entendía, es difícil ser el primero en hablar en una clase nueva con un profesor nuevo. Cuando al fin algún valiente pronunciaba la primera (y titubeante) respuesta, poco a poco los demás iban dando también sus opiniones. Esas primeras respuestas, en todos mis grupos (unos ocho entre todas las secciones), partían de lo mismo: “Es una historia que…”

Siendo sincero, mi plan era obtener de ellos la idea más básica al principio: “el cine son imágenes en movimiento”, para de ahí arrancarme con todos los precursores, desde la pintura con vocación cinemática, hasta llegar Edison y los Lumière. Pero hay que ser realistas, el cine para la gran mayoría de las personas, son HISTORIAS.

Desde que estaba en la secundaria me sentí atraído por el cine, pero no fue sino hasta mucho después que comprendí que mi verdadera “pasión” son las historias. Y las historias contadas a través de una película son mis favoritas. Digamos pues que mi amor ha estado siempre en el cine, pero cuando te das cuenta de que el cine son muchas cosas, aprendes a casarte con uno de sus apellidos, en este caso, con el llamado “cine narrativo”.

A los 17 tuve mi primer acercamiento real con el “séptimo arte” al tomar mi primer curso de guion: “De la idea a la historia cinematográfica”, y luego su continuación: “De la historia cinematográfica al guion”, ambos impartidos por el CCC en el Centro de las Artes de Guanajuato. Comencé a entender el cine a partir del guión y, luego de vivirlo desde muchas de sus otras facetas, ahí decidí quedarme. Creo que por esta razón, desde muy joven, aprendí a vivir en paz dentro de ese limbo en el que habita el guionista. Ese territorio ambiguo entre el universo del escritor y el del cineasta.

Anoche, por ejemplo, la señora que vende quesadillas por mi casa me preguntó: “¿Y usted qué estudia, joven?”. “Cine”, le respondí, y hasta sonrió. “¡Órale! ¿O sea que va a ser un director?”. Supe entonces que la posibilidad de recibir una quesadilla (sin queso, como es costumbre en el DF) gratis, desaparecería por completo al responder: “No, señora. Guionista. Me gusta escribir películas”. La mujer emitió un débil: “Ah” y continuó haciendo tortillas.

Yo ya estoy acostumbrado a este tipo reacciones. Ojalá sólo vinieran de señoras que venden comida, pero prácticamente cualquiera que se entera de pronto que te dedicas al cine, se te acerca con cierto entusiasmo y cuando le cuentas que no eres director, se decepciona. “¿Pero sí vas a dirigir luego, no?”

Beatriz Novaro, una de mis maestras en aquéllos primeros cursos de guión que tomé, dice en el prólogo de su libro Re-escribir el guión cinematográfico: “El mejor guion es el que no se nota, el que entra como un guante, el que es invisible en la pantalla”. ¿Será entonces que, el guionista al igual que su guion, está destinado a desaparecer? ¡Pues eso parece!

En un mundo donde el cine es mayormente narrativo, y donde el público lo identifica como una fuente transmisora de historias, ¿por qué al guionista se le suele rechazar como autor? Un conocido director (y también guionista) me dijo un día: “El guion no es una obra terminada, es sólo transitoria. Y tampoco puede ser literatura porque es una escritura pedestre”. Cuando le conté esto a una amiga y gran guionista, le pareció horrible: “Hasta la palabra suena feo, ¡como a pedo!”. Reí mucho.

Tengo conflictos con el director que sólo piensa en lo que tiene que decir y no en lo que tiene que contar (ni el público al que se lo quiere contar). Que hacen cine sólo por autosatisfacción. O peor, que hacen cine para “demostrar” sus cualidades tras la cámara, películas absolutamente frías, desalmadas, pretenciosas. Directores que fabrican bellísimos autos, pero sin motor (algo así dijo una vez Stephen King).

La metáfora de Paula Markovitch me gusta mucho, donde la película es un viaje, el guion (bueno, el “texto para cine”) el barco y el director el capitán. Lo que dice es que aquí, no importa cuántas órdenes del capitán, si el barco está averiado, naufraga.

A veces creo que los directores se han inventado un montón de cosas en la práctica para “justificarse” como autores de la película. Que si la cámara la pongo aquí en vez de acá (cinco centímetros a la derecha), para reforzar la intención de… Que si un pequeño rayito de luz le da en el ojo izquierdo para remarcar que el personaje... Que si este lente en vez de este, para dar una sensación de… Que si en blanco y negro, o a color, o usar sólo dos colores, o tres... Que si contra-pico un poquito la toma o mejor pongo la cámara al ras de suelo y acentuar el… ¡Ojo! Todo esto es valiosísimo en el cine y absolutamente necesario, pensar en cada detalle que retrate la cámara y en cómo lo retratará. Pero todos estos ejemplos, TODOS, vienen en respuesta a esa pregunta que repetidamente se hacen los realizadores: ¿De qué va la peli? Es decir, que la forma se subordina a la narración, que primero está el guión. Primero la historia y lo demás en función de ésta. Entonces, el guionista… ¡Ah no, él sólo nos entregó una guía!

Es un tema complejo, pero antes de finalizar, recordar que aquí estoy hablando específicamente de ese “cine narrativo” por el que siento afinidad. Porque si se despierta esa legendaria discusión, y luego me empiezan a decir que no sé qué cineasta no usa guiones (y por eso el guionista puede ser autor), es cierto, pero porque la intención de dicho cineasta nunca fue usar las herramientas del cine para contar una historia. Ahí las condiciones son otras. (Y, de cualquier forma, siempre hay un guion).

Y mejor pararla aquí antes de que empiece a hablar contra los que defienden una “naturalidad” en el cine y por eso usan a no-actores y no les dan el guión a leer para obtener “sinceridad” en su trabajo. Ahí sí, rápido: el cine es ARTIFICIO, siempre. Punto.

Amigos guionistas, sé que se puede vivir en paz en este limbo, ¿pero por cuánto tiempo?


Artículo ganador del 1er. Concurso de Periodismo Guionístico en guionnews.com

miércoles, 14 de mayo de 2014

COLUMNA: Cuarón, cine y energéticos


A estas alturas todos conocemos el caso: el director de cine Alfonso Cuarón, ganador de dos óscares este año por su estupenda película “Gravity”, envió hace unos días al presidente Enrique Peña Nieto 10 preguntas sobre la próxima reforma energética con la idea de aclarar este tema a la gran mayoría de los ciudadanos mexicanos (a través de sus respuestas).

La reacción por parte de medios y población fue muy buena en un principio, hasta que poco a poco comenzaron a surgir las voces negativas. Porque sí, estamos muy acostumbrados a resaltar ese “negrito en el arroz”, porque siempre es mucho más divertido hablar mal que bien de algo o de alguien. Se siente una mayor satisfacción.

¡Ah, la deliciosa controversia! Además, así nos vemos más inteligentes, ¿no?: dudando, sospechando, desconfiando, cuestionando, condenando.

Una de las primeras opiniones contra el “atrevimiento” de Cuarón, fue la de un tal Carlos Mota en “El Financiero”. Y así como a Doña Lucha, “se me está yendo de lado la boca” nomás de recordar su columna otra vez: “Siempre me he preguntado qué tienen que hacer novelistas, cineastas, pintores, escultores, actores y poetas criticando decisiones de gobierno como si fueran expertos en los temas. No comprendo por qué tener pericia para esculpir un mármol o para plasmar un óleo sobre un lienzo habilita también al sujeto a vociferar contra el sistema económico y político.” ¡¿Pero qué está diciendo?!

Cuando lo leí, igual que algunos otros, hasta pensé que era una broma. ¿Quién puede pensar así? No sólo los novelistas, cineastas, pintores, escultores, actores y poetas pueden (y DEBEN) criticar las decisiones de nuestro gobierno en una “democracia”, sino también los periodistas, los académicos, los estudiantes, los empresarios, los médicos, las enfermeras, los blogueros, los cajeros del oxxo, las amas de casa, los “viene-viene”. TODOS. Aunque sí, es claro que la voz de la mayoría de ellos no tienen ni una milésima parte de la atención con la que cuenta hoy Alfonso Cuarón, una de las 100 personas más influyentes del mundo según la revista Time.

Presidencia publicó las esperadas respuestas a las 10 preguntas de Cuarón varias horas después, solo para despertar más interrogantes y dejar en manifiesto lo débil e inmadura que se encuentra esta reforma. Fue entonces cuando Alfonso tuvo la “insolencia” de enviar una segunda carta a Peña Nieto para invitar al debate público.

¡Jesucristo vencedor, aplaca tu ira y tu rigor! ¡¿Pero cómo se atreve?! Y así las voces en contra se multiplicaron y el efecto Carlos Cannabis se contagió como gripe en un salón de primaria. “¿Pero qué anda opinando este señor sobre hidrocarburos, si ni experto es? ¿Apoco nomás porque hace películas? ¿Y por qué a él si le contesta el presidente? ¿Debates, para qué, si ya hubo? ¡Además ni vive en el país, pa’ qué le hace a la…!”.

¡¿Es en serio?! Varios de los que hoy dicen esto son los mismos que casi lloraron cuando Cuarón no mencionó a México al ganar el Óscar. Pero ahora que nos demuestra lo mucho que le interesa nuestro país (su país), le decimos: “No, siempre ya no te queremos, ya no eres mexicano, tú vives en Londres”. De verdad no puedo creerlo.

Ese debate que propone Cuarón no es nada parecido a lo que se ha hecho hasta ahora sobre la reforma energética. ¿O no le entendieron? ¡Quizás debería empezar por explicarles “Gravity”! (pensando que, posiblemente, Alfonso tiene un severo problema para comunicar). ¿En verdad hubiéramos preferido que Cuarón nunca hubiera hecho estas preguntas? No importa si el señor es cineasta, si las preguntas las hubiera hecho cualquier otro mexicano destacado (aunque no tuviera relación alguna con la industria petrolera) se agradece. Poner estos temas sobre la mesa para su discusión pública es siempre muy valioso. Esta vez Cuarón fue ese ciudadano responsable, pero en lugar de darle las gracias, lo queremos echar abajo con un simple y burdo: “¿Y tú por qué te metes?”

El cine en nuestro país, lamentablemente, también es política. Pero de eso ya hablaremos después, y en repetidas ocasiones.

Columna para Guanajuato Informa